
Gira la cuchara en la taza,
el café despierta mi olfato
y sobre la mesa el tedio me mira fijo.
En el baño un espejo
delata el tiempo,
se ríe y luego
llora.
Salgo…
El asfalto me muerde los tobillos.
Camino por la plaza de las huellas
en donde nos conocimos,
en las pequeñeces me siento
y me pierdo en la entelequia.
Cuando vuelvo,
el sol bosteza y la mirada se agudiza
en una, dos, tres, cuatro palomas
que me observan y no entienden,
o por lo menos eso parece.
Un perfume vuela
y me lleva hasta vos,
¿qué estarás haciendo ahora?
Seguro estás tomando mate con bizcochos
con Alicia y el conejo,
o tal vez leés el libro
que te regaló Wendy.
¿Quién sabe?
Hasta quizás estás pensando en mí.
La risa de una nena
me desvela.
La busco y no la encuentro;
la miopía y mi vanidad
me vencen otra vez.
Suenan campanas,
son las siete, hay que ir a la nostalgia
y, cuidadoso, traer algún que otro recuerdo.
No tienen fecha de vencimiento,
pero la otra vez me sostuve de uno
que me hizo bastante mal.
A veces es mejor no pensar,
me dice una hoja que cae del árbol,
hace dos vueltas carnero
y yace en mi mano.
Al tiempo, fragmento sus alas
en uno, dos, tres, cuatro pedazos,
las hormigas la suben a su lomo
y yo, trepo mi vista a esa perfección,
que abrupta, una suela rompe
con la torpeza que sólo puede tener un hombre apurado.
El sol se aburre,
una vez más,
y cierra los párpados el día.
Vuelvo a casa.
La oscuridad entra por la ventana
y viaja en puntas de pie
por todos los rincones.
A veces me da miedo
y prendo todas las luces,
entonces respiro…
Es irónico,
nunca entendí la razón.
Hay preguntas que no tienen porqués,
grita la vida
y su injusta manera de jugar
se me mete por los huesos.
Voy a nuestra habitación,
enciendo el velador y mis ojos,
la angustia espera alerta,
te miro en sepia,
le seco la mejilla a la foto
y te extraño;
hace uno, dos, tres, cuatro años
que duermo solo.
17/11/2007